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¿Qué pasa con los músculos cuando llueve?

Para comenzar, no somos un vehículo de Fórmula Uno. Cuando llega la lluvia, esos bólidos todopoderosos entran a boxes y cambian sus neumáticos, dependiendo del nivel de humedad. En cambio nosotros, cuando corremos, como mucho podemos tener a mano unas zapatillas con suela apta para suelo mojado (aunque no existe una tecnología tan específica). Como la mayoría de los mortales no corremos con un par de calzado extra, somos obligados a utilizar un mecanismo de adaptación natural del cuerpo: nuestros músculos.

Para explicar este mecanismo, es importante tener en cuenta los cambios que la lluvia genera en los principales tipos de suelos por los cuales solemos movernos. En los senderos, el agua puede convertir el piso en resbaladizo, más suave y traicionero; con agujeros ocultos y charcos. En el concreto, la superficie también se torna resbaladiza, con agujeros ocultos, aunque la densidad no varía. El asfalto es, tal vez, donde menos sentimos los efectos de la lluvia. Aún así, es muy peligroso no tomar ciertos recaudos.

Cuando nos movemos sobre una superficie más suave, somos “invitados” a hundirnos en ella, teniendo nuestro impacto amortiguado, lo que genera menos sobrecarga en las articulaciones durante la fase de apoyo de descarga de peso. En el barro, por ejemplo, la fuerza del impacto no rebota hacia nuestro cuerpo, por lo que necesitamos de una mayor fortaleza para salir de ese efecto “amortiguador”.

Por lo tanto, correr en el barro y en la arena suave de la playa requieren de una mayor preparación muscular, fatigando mucho más los músculos que se usan en el salto vertical (ganancia de altura), como los anteriores del muslo (cuádriceps), glúteos, lumbar y las pantorrillas.

En el caso de suelos irregulares ocultos por el agua acumulada, la sensación es como correr en un campo minado. Nos ponemos, naturalmente, más tensos y menos flexibles, gastando más energía de forma natural. Sin percibirlo, inclinamos más la cabeza hacia abajo en relación a terrenos más “amigables”. Esto ocurre por lo general por que vigilamos las irregularidades varios metros por delante y calculamos cómo sortearlos con antelación, sin poner en riesgo nuestro físico.

Correr en una pista cubierta por el agua elimina nuestra capacidad de anticipación, pidiéndonos que tomemos decisiones rápidamente, justo cuando nos encontramos con interferencias (un agujero, una raíz, una baldosa floja, etc.). Esto nos hace correr demasiado atentos, a menudo con mayor lentitud y tensión, aumentando la demanda de los músculos posteriores de nuestro cuerpo como el cuello, la espalda baja y pantorrillas.

Otro factor importante es la fricción. Cualquiera que sea el suelo de la corrida, cuando está cubierto por una capa delgada de agua, se reduce. En el asfalto esta diferencia es mucho más pequeña, pero también ocurre. Una superficie con menos fricción reduce nuestra capacidad de impulso horizontal. Es decir, aquello que nos mueve hacia adelante, hacia los lados o hacia atrás. Esto significa que terminamos gastando más energía en la contracción del músculo corriendo en línea recta, haciendo curvas, frenando en el descenso o esquivando huecos.

Por último, sin tener en cuenta la calidad del terreno, correr bajo la lluvia significa hacer actividad física con una humedad relativa al 100%. Hay estudios que demuestran que, bajo esa tasa de humedad, el mecanismo de enfriamiento del cuerpo es mucho menos eficiente debido a la transpiración que compromete nuestros cuerpo, aumentando la sobrecarga muscular.

Sea peor o mejor, más agradable o no, lo importante es entender que sus músculos y su cuerpo van a responder de una manera diferente durante el entrenamiento – con y sin lluvia. Para esto, es importante que no ponga los mismos objetivos (de la misma manera con relación a los entrenamientos de mañana, tarde y noche, invierno y verano, a menos que se corra en la cinta, en ambientes climatizados y humedad controlada).

¡Personalmente, yo siempre prefiero mojarme en la calle!

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